Alejandro Pelegrín (20-01-2026)
“La última de las libertades humanas es elegir la actitud ante cualquier circunstancia”
Viktor E. Frankl Neurólogo y psiquiatra austríaco,superviviente del Holocausto
La actitud en el trabajo no es ser simpático o poner “buena cara”. Es una fuerza silenciosa que se nota en todo: en cómo se atiende a un cliente, en cómo se entrega un informe, en cómo se responde a un problema, en cómo se habla con un compañero… Y, sobre todo, se nota en el resultado final.
En cómo decides reaccionar, qué intención pones en tu trabajo, y hasta qué punto te importan tu empresa y los demás.
Porque al final, queramos o no, todos comemos de la empresa: de que funcione, de que haya producto, de que haya ventas, de que haya margen, de que haya clientes que repitan, y de que el equipo se mantenga unido.
Pero cuando la actitud se tuerce, no solo se estropea el ambiente: se erosiona el negocio.
Dos actitudes, dos empresas distintas
En la práctica, hay dos caminos: actitud constructiva, y una actitud destructiva. No es blanco o negro, pero la dirección se siente.
Actitud constructiva (positiva, profesional)
No significa que todo esté bien. Significa que, aunque algo esté mal, se afronta con responsabilidad, y piensa en el equipo: si yo fallo, otro paga el precio.
Esta actitud empuja a la empresa hacia la mejora continua: más eficiencia, más calidad, más confianza, más estabilidad.
Actitud destructiva (negativa, tóxica)
Suele disfrazarse de “realismo”, “yo digo las cosas claras”, “a mí no me engañan” o “yo paso”. Pero el resultado es el mismo: frena, contamina y divide. Critica sin construir, genera rumores, quejas e ironías, y compite dentro, incluso si el equipo pierde.
Un trabajador (empleado o directivo) no controla la estrategia, ni los precios, ni la inversión; sólo controla una pequeña parte. Pero sí controla algo mucho más decisivo: su impacto diario en la empresa y en sus compañeros.
Un trabajador con buena actitud cumple, se responsabiliza, aprende, y colabora. Y no lo hace para ser el “empleado perfecto”. Es profesionalidad. Es entender que la empresa es el vehículo que paga nóminas y sostiene familias. Y que el cliente no paga por excusas: paga por resultados.
Conclusión
Una empresa es un sistema de personas. Y las personas arrastran su actitud a la cuenta de resultados.
Si la actitud es constructiva, la empresa crece: mejora, aprende, retiene clientes y genera estabilidad.
Si la actitud es destructiva, la empresa se rompe: pierde foco, pierde calidad, pierde clientes, y empieza a jugar con algo muy serio: los puestos de trabajo suyo y de sus compañeros.

